Relicarios: Curiosos tesoros devocionales

El interés por las reliquias no es algo exclusivo del cristianismo. En el budismo encontramos tanto la presencia de cenizas del Buda en algunas estupas, como las “sariras”. En el islam existe una gran controversia, pero lo cierto es que una de las reliquias más veneradas es el Manto del Profeta, en Estambul.
Pie-relicario de los Santos Inocentes, junto al colgante-relicario de San Demetrio.
jueves, 22 de febrero de 2024 Actualizado a las 23:28

Por Elena Almirall Arnal | En septiembre del año 787, la emperatriz Irene de Bizancio convocó el Segundo Concilio de Nicea para tratar de solucionar la controversia iconoclasta que se había iniciado 60 años antes, cuando el emperador León III negó tanto la legitimidad de las imágenes religiosas como su culto.

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Justificando la veneración de las figuras sagradas con el argumento de que actuaban como intermediarias entre Dios y sus fieles, en el concilio se aprobó, entre otras, una medida (el Canon 7) relativa a las reliquias, que insistía en la obligatoriedad de toda iglesia de contar con dichos objetos, bajo amenaza de no ser consagradas en caso contrario.

Ya desde los primeros siglos de la era cristiana, los fieles habían comenzado recoger los restos mortales y otros elementos relacionados con santos y mártires que, con el tiempo, se convirtieron en objetos de devoción. Para guardar esos restos, que fueron conocidos como reliquias, aparecieron unos recipientes especiales, los relicarios, que eran custodiados con gran celo entre los tesoros de iglesias y catedrales. En estos lugares, se veneraron dichas reliquias que rápidamente comenzaron a adquirir fama de sanadoras y milagrosas.

Tanto fue así que, durante la Edad Media, el culto a las mismas se popularizó inmensamente y su altísima demanda acabó provocando que se convirtiera en un lucrativo negocio, objeto, en ocasiones, de engaño y fraude.

Evidentemente, las reliquias más buscadas eran las que tenían que ver con Jesucristo –se dice que, si se hubieran juntado todos los Lignum Crucis o fragmentos de la Vera Cruz que fueron vendidos en esa época, se hubieran podido armar varias cruces– , con la Virgen María y con los apóstoles.

“Desde los primeros siglos de la era cristiana, los fieles habían comenzado recoger restos y otros elementos relacionados con santos y mártires que, con el tiempo, se convirtieron en objetos de devoción”

El auge del traslado de reliquias, a inicios del siglo XIII, a causa de las Cruzadas, tuvo como consecuencia que, en 1215, en el Cuarto Concilio de Letrán, se estableciera la prohibición de la venta de las mismas y la necesidad de que éstas fueran aprobadas por Roma.

No solo iglesias y catedrales, obispos y sacerdotes sino también reyes y reinas, nobles y aristócratas adquirieron reliquias con la esperanza de que el contacto con ellas les protegiera, les sanara o les ayudara de algún modo. Tal vez la colección más famosa fue la que compiló el monarca Felipe II, cuyo conjunto, custodiado en el Escorial, contaba con 7.432 piezas.

Sin embargo, el interés por las reliquias no es algo exclusivo del cristianismo. En el budismo encontramos tanto la presencia de cenizas del Buda en algunas estupas, como las “sariras” o perlas que aparecen entre los restos de maestros espirituales, tras su cremación.

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En el islam, a pesar de que, en la actualidad, existe una gran controversia por este tema –pues algunos teólogos afirman que está en contra de las enseñanzas de Mahoma–, lo cierto es que una de las reliquias más veneradas es el Manto del Profeta en Estambul.

Así pues, como hemos comentado, el culto a las reliquias favoreció la creación de diferentes tipos de receptáculos, especialmente fabricados para guardar dichos objetos sagrados. Famosos escultores como Juan de Juni o Gregorio Fernández, entre otros, así como orfebres y artesanos dedicaron su tiempo y su arte a realizar relicarios, entre los que existen verdaderas obras maestras.

En este artículo, hablaremos de algunos de los que pueden enmarcarse dentro de la categoría de piezas de orfebrería.

Relicario de Bimaran

Un ejemplo es el relicario de Bimaran, encontrado a principios del siglo XIX, en una de las estupas excavadas por el arqueólogo Charles Masson en Afganistán y que, hoy en día, se conserva en el Museo Británico. Realizado en oro repujado y con granates engastados, ha sido datado en el siglo I y se considera una pieza excepcional del arte greco-budista, en la que, además, aparece el Buda con bigote, vistiendo una túnica griega denominada himatión y con el cuerpo en contraposto, una forma de representarlo muy poco habitual.

Relicario de Kanishka.

También de esta religión destaca el relicario de Kanishka, hecho de cobre, en el siglo II, para custodiar tres huesos de Buda y que, actualmente, se conserva en el Museo de Peshawar (Pakistán,).

Entre los cristianos, una tipología de relicario que tuvo gran aceptación fue la forma anatómica, es decir, el receptáculo que mostraba la parte del cuerpo que guardaba, como es el caso del brazo-relicario de San Lucas que está en el Museo del Louvre. De inicios del siglo XIV, fue fabricado en plata dorada y cuarzo, con esmalte champlevé y lleva una inscripción que reza ‘HIC EST OS BRACHII BEATI LUCE EVANGELISTE‘ (“Este es el hueso del brazo del bienaventurado Lucas evangelista”).

El brazo-relicario de San Lucas.

Otro ejemplo espectacular es el relicario en forma de pie, realizado en 1450 para albergar esta extremidad de uno de los Santos Inocentes asesinados por Herodes. Elaborado en madera, cubierta con plata y cobre con partes doradas, lleva engastadas diferentes gemas que –aunque hay algunas perlas originales y un granate– son, en su mayoría, imitaciones en vidrio, probablemente sustituyendo a los originales perdidos.

Tiene una mirilla de cristal de roca pulido en el empeine, cuyo objetivo era que las reliquias fueran visibles, y está rematado con una corona de oro en la parte superior. Actualmente se conserva en el Museo de las Landas en Zúrich (Suiza).

Relicario de María Magdalena.

También tiene forma de pie el relicario de plata realizado por Benvenuto Cellini, en el siglo XVI, para conservar la extremidad izquierda de María Magdalena y que se custodia en la iglesia de San Juan de los Florentinos de Roma. Así mismo, en la iglesia de San Antonio de Padua, se conserva un relicario con la lengua de este santo de quien se dice que, al abrir su ataúd, su cuerpo estaba reducido a cenizas pero su lengua seguía intacta y viva.

A mediados del siglo XIV se encargó un relicario de plata al orfebre Giuliano de Florencia, discípulo de Lorenzo Ghiberti, para conservarla.

Por otro lado, también las grandes cruces que decoraban las iglesias cristianas podían ser utilizadas como relicarios. De hecho, dos de los grandes tesoros de la orfebrería del arte prerrománico asturiano, la Cruz de los Ángeles y la Cruz de la Victoria, símbolo del Principado de Asturias, guardaron sendas reliquias.

Cruz-relicario de los Ángeles.

La primera, donada a la catedral de Oviedo en el año 808 por el rey Alfonso II el Casto, es una cruz griega, gemada (o enjoyada) y patada (con los brazos ensanchados). Recubierta con filigrana de oro, lleva engastadas diferentes gemas, entre las que destacan varios entalles y camafeos de época romana reutilizados.

Cruz de la Victoria.

Por su parte, la de la Victoria es una cruz latina, donada por Alfonso III el Magno en el año 908, que está formada por dos piezas de madera unidas en cuyo compartimento se guardaba, según se dice, un fragmento del Lignum Crucis. Recubierta con oro, esmaltes y gemas, denota influencia de la orfebrería carolingia.

Y justamente perteneciente al arte carolingio es la Bolsa de San Esteban, datada en el siglo IX, un relicario en forma de bolsa de peregrino, en cuyo núcleo de madera original había un hueco que antiguamente contuvo tierra, empapada de sangre, del martirio de San Esteban. Fabricado con plata chapada en oro, engastada con perlas y otras gemas (y vidrios) talladas en cabujón, actualmente se conserva en el Museo de Historia del Arte de Viena.

Bolsa de San Esteban.

De este mismo estilo en forma de bolsa es el relicario de los dientes de San Juan Bautista, que fueron donados por la reina lombarda Teodolinda de Baviera a la catedral de Monza (Italia).

Bolsa-relicario de los dientes de San Juan Bautista.

Amuletos benefactores

En otras ocasiones, los relicarios eran de pequeñas dimensiones, seguramente para poder ser portados como un amuleto benefactor. Al menos, así lo indica el colgante relicario de San Demetrio con San Jorge que se encuentra en el Museo Británico y que lleva una inscripción en griego cuyo texto dice: “[El usuario] reza para tenerte como su ardiente protector en la batalla”.

Es una caja redonda de oro y esmalte cloisonné en la que hay otra inscripción grabada que sugiere que el relicario contuvo, alguna vez, un fragmento de la Vera Cruz. La pieza está datada en el siglo XI, es de estilo bizantino y se cree que fue fabricada en Tesalónica (Grecia).

Colgante-relicario de Margarita de Sicilia.

Otro ejemplo es el colgante relicario de 1177 que perteneció a la reina Margarita de Sicilia y contenía la sangre de Santo Tomás. Fabricado en oro, en el anverso aparece un grabado de la reina siendo bendecida por el obispo Reginald de Bath. Hoy en día está en el Museo Metropolitano de Nueva York.

Busto-relicario de Carlomagno.

Finalmente, es interesante señalar que, en la catedral de Aquisgrán, se guarda uno de los relicarios más famosos del mundo: el busto de Carlomagno que, realizado en 1350 –unos 500 años después de su muerte– contiene el cráneo de este importante rey medieval que fue canonizado en 1165. Testimonio de la orfebrería gótica, la pieza es una representación idealizada del monarca según la moda del siglo XIV.

Fabricado en plata repujada y parcialmente dorada (en las zonas del pelo y la barba), con un pectoral decorado con flores de lis y águilas imperiales de plata damasquinada y rodeadas por una orla de filigrana y piedras preciosas (ente las que hay algunos camafeos antiguos), el busto está rematado por una corona engastada también con diferentes gemas.

Tesoros, misterios, devoción, reliquias y leyendas que se conjugan así, para invitarnos a entrar, a través de estos curiosos objetos, en un fascinante mundo que, milagroso o no, resulta cuanto menos subyugador.

Elena Almirall Arnal es doctora en Historia por la Universidad de Barcelona (UB), además de Gemóloga (UB) y Tasadora por AETA.

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