Plinio el Viejo, ¿el primer gemólogo de la Historia?

La palabra lapidario viene del latín lapis (piedra) y se utiliza para designar los tratados que describen las propiedades de las gemas u otros minerales, textos que pueden ser simplemente descriptivos, pueden ser científicos o pueden, también, llegar a exponer sus atributos médicos o mágicos.
Miniatura de Andrea da Firenze de una edición de Historia natural de Plinio el Viejo, (c. 1457-1458), que muestra a Plinio escribiendo en su estudio y, frente a él, paisajes y animales (Biblioteca Británica).
viernes, 10 de diciembre de 2021 Actualizado a las 13:25

La tradición lapidaria arranca en el mundo griego con el Tratado sobre las Piedras de Teofrasto, filósofo discípulo de Aristóteles del siglo IV a.C., y continuará posteriormente en la época romana, en la edad media –tanto en el ámbito cristiano como en el musulmán– y en la época moderna con importantes autores que, en la mayoría de ocasiones, se basaran en escritores y textos anteriores.

Sin embargo, el lapidario más famoso de la Antigüedad es el texto escrito por Plinio el Viejo, compuesto por los libros XXXVI y XXXVII de su grandísima obra titulada Historia Natural. Dicha obra está constituida por 37 libros que tratan de cosmología, geografía, antropología, zoología, botánica, medicina, mineralogía, etc. En concreto, los dos últimos libros que componen el Lapidario parecen derivar de un tratado sobre piedras, hoy en día perdido, escrito por Jenócrates de Éfeso, pues Plinio refleja bien toda la sabiduría griega.

Al escribir este tratado, uno de sus propósitos, como él mismo señala, no sólo es el hablar de las piedras preciosas sino también refutar las imposturas de los magos que “a propósito de las piedras preciosas nos han contado el mayor número de mentiras, invadiendo el campo de lo prodigioso bajo la seductora apariencia práctica de la medicina.

El Lapidario de Plinio es inmenso. Comienza con piedras que no son gemas, continúa con las que él califica como “preciosas”, descritas por colores y, finalmente, acaba con las que son menos importantes en orden alfabético.

Edición en castellano de la Historia Natural de Plinio el Viejo del año 1624.

De cada una de ellas da diferentes datos: lugar de origen, color, características, además de propiedades y utilización de las mismas, tanto a nivel práctico (cuando una piedra es utilizada para fabricar copas, estatuas, sellos…) como a nivel medicinal. Habla, además, de una serie de gemas que toman sus nombres de miembros del cuerpo, como la hepatitis (del hígado) o la steatitis (de la grasa de animales).

Otras toman el nombre de animales: carcinias (del cangrejo), echitis (de la víbora) o scorpitis (del escorpión), etc. Otro caso son las que se parecen a cosas de la naturaleza, como el ammochrysus (arena dorada), la narcissitis (con venas de color narciso), etc. Menciona también piedras “portentosas” como la anancitis, que se usa en hidromancia para provocar apariciones de los dioses o la synchitis, para dominar las sombras infernales.

«Plinio el Viejo da los primeros pasos en el campo de la Gemología, empezando a intuir los sistemas cristalinos de gemas como el cristal de roca y el berilo«

Sin embargo, explica que no son gemas sino piedras. Su descripción de todas ellas termina diciendo: “Y como la lista de nombres sería interminable y como no pretendo enumerarlas todas, ya que por culpa de las imposturas griegas son innumerables, tras reseñar las gemas nobles e incluso las vulgares, nos damos por satisfechos con haber identificado las clases de gemas raras dignas de mención”.

Entalle romano de cornalina con un gladiador luchando contra un león (siglo I). © Metropolitan Museum of Art. A la derecha, otro entalle romano de berilo con el retrato de la emperatriz consorte Julia Domna (siglo III). © Metropolitan Museum of Art.

Reconocimiento de gemas

Como colofón, Plinio da indicaciones de carácter general para reconocer las piedras preciosas según las opiniones de los expertos. Destaca la importancia de la diferenciación entre piedras verdaderas y piedras falsas, señalando que hay algunos autores que dan indicaciones para fabricar piedras de forma fraudulenta, puesto que “no existe un fraude más lucrativo que éste».

Entre las indicaciones que da para distinguirlas destaca, por un lado, la necesidad de estudiar las piedras transparentes a primera hora de la mañana. Además, se debe comprobar el peso, pues las auténticas son más pesadas, el frío, la masa, si tienen burbujas (serían falsas) o filamentos y rugosidades, cómo es su resplandor y su brillo. La prueba concluyente es, sin embargo, desprender un fragmento y quemarlo o aplicar la prueba de la lima, cosa a la que los vendedores de joyas se oponen. Otra prueba sería la talla, con qué instrumentos se pueden tallar o no.

Anillo romano de oro y amatista (siglo I). © Pax Romana and Live Auctioneers.

Es de destacar, en el caso del presente lapidario, el hecho de que Plinio no sólo proporciona información mineralógica sobre las diferentes gemas sino que además da también los primeros datos gemológicos, en concreto cuando habla del cuarzo o cristal (menciona su forma hexagonal, habla de sus aristas y del pulido de sus caras) y del berilo (explica que se talla en forma hexagonal – es decir, siguiendo su sistema cristalino – para que refleje mejor la luz). De esta forma, Plinio el Viejo da los primeros pasos en el campo de la Gemología, empezando a intuir los sistemas cristalinos de gemas como el cristal de roca y el berilo.

Fraudes con piedras desde la Antigüedad

Por otro lado, aunque entre los gemólogos está establecido que la síntesis de gemas comenzó a finales del siglo XIX, principios del XX, encontramos referencias, tal vez no a la síntesis, pero sí a las imitaciones y al tratamiento de las gemas, ya en la Grecia antigua. Evidentemente, dichos procesos no eran tan sofisticados como lo son hoy en día, pero es interesante destacar el hecho de que en la Antigüedad se fabricaron imitaciones de las piedras más valoradas y que algunos autores, entre los que destaca también Plinio, ofrecieron información sobre cómo distinguir las verdaderas de las falsas, cómo fabricar copias de algunas de ellas o cómo tratarlas para mejorar su aspecto.

Joya romana para el cabello con esmeraldas, perlas y zafiros (siglo III).
© British Museum.

Plinio menciona varios ejemplos: por un lado, según él, los hindúes fabrican gemas falsas tiñendo cristal, especialmente berilos. Además, explica que con vidrio «se hacen falsificaciones casi perfectas de los rubíes”, pero éstas se detectan con el esmeril “porque la materia de las falsificaciones es más blanda y frágil. También con vidrio se falsifica el jaspe pero dicha falsificación “resulta evidente cuando la piedra irradia hacia fuera su brillo, en lugar de contenerlo dentro”. Y, por último, otras gemas que se falsifican con vidrio son el “leucocrisos”, la “callaina” y el ópalo. Este último se puede identificar poniéndolo al sol.

Así pues, por la exhaustiva información que proporciona sobre las gemas y por su interés en diferenciar las verdaderas de las falsas, ofreciendo fórmulas para distinguirlas, creemos que Plinio el Viejo merecería ser considerado el primer gemólogo de la Historia.

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