Justo el mismo año en el que Diego de Velázquez acababa su obra clave de la pintura universal, Las Meninas, un extraño incidente se llevaba al fondo del mar Caribe al buque español Nuestra Señora de las Maravillas, cargado hasta las jarcias de materias primas y joyería de valor incalculable.
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Más de 360 años después del naufragio y tras décadas de expolio —más o menos controlado por las autoridades locales— la compañía norteamericana Allen Exploration, bajo licencia del Gobierno de Bahamas, acaba de alumbrar nuevos tesoros entre los que se encuentran elaboradas piezas de joyería que no aparecían en los registros oficiales.
Es decir, viajaban de contrabando entre los pertrechos de la tripulación de la nave.
«Elaboradas piezas de joyería que no aparecían en los registros oficiales y viajaban de contrabando entre los pertrechos de la tripulación»
Hay que recordar que si por algo se caracterizaba la Administración en la época de los Austrias era por el minucioso control de las mercancías que se traían desde las Américas. Hasta el más mínimo detalle de las importaciones puede consultarse en los Archivos de Indias y así ocurrió con la carga que transportaba el Virgen de las Maravillas, cuyo registro está minuciosamente detallado pero del que se escapan algunas de las piezas encontradas ahora.
El galeón cargado de oro, piedras preciosas, plata y otras mercancías de valor regresaba a España en 1656 cuando, tras perder el control y chocar con la nao capitana, se precipitó hacia los arrecifes de coral al norte de Bahamas donde embarrancó y se hundió a poca profundidad. De su tripulación de 650 marineros sólo sobrevivieron 45 pues la mayoría fueron devorados en sus aguas infestadas de tiburones.
Entre los tesoros encontrados por la empresa cazatesoros norteamericana destaca una elaborada cadena de filigrana de oro con motivos de rosetas, y que sugieren que estaban destinados a aristócratas adinerados, o a la realeza.
También un colgante de oro con una pequeña cruz de Santiago y una piedra de bezoar india, —muy valorada entonces en Europa por sus propiedades curativas— con forma de concha de vieira, el símbolo de los peregrinos que se dirigían a Santiago de Compostela. Es uno de los hallazgos vinculados a la Orden de Santiago, congregación que también participaba activamente en el comercio marítimo de la época.
Otro colgante presenta una Cruz de Santiago de oro sobre una gran esmeralda verde ovalada enmarcada por una docena de esmeraldas cuadradas, que algunos interpretan como un símbolo de los 12 apóstoles.
De su tripulación de 650 marineros sólo sobrevivieron 45 pues la mayoría fueron devorados en sus aguas infestadas de tiburones
Además de las piezas elaboradas también han aparecido esmeraldas y amatistas en bruto procedentes de Colombia y que algunos interpretan como contrabando, pues no estaban registrados en el acta oficial de embarque.
Tras el naufragio el galeón tuvo un fin accidentado pues los huracanes y las corrientes marinas sobre los arrecifes esparcieron sus restos a lo largo de 13 kilómetros. Casi desde su hundimiento la mayor parte de su mercancía fue rescatada por expediciones españolas, y posteriormente inglesas, francesas, holandesas, bahameñas y estadounidenses en los siglos XVII y XVIII.
Posteriormente no hay registros hasta la década de 1970 y principios de 1990, cuando el pecio fue objeto del expolio de los cazatesoros. Treinta años después y usando tecnología moderna, se sigue rastreando el sinuoso resto de escombros.
La expedición también está recopilando datos sobre la salud de los arrecifes, la geología del fondo marino y la contaminación plástica para comprender cómo interactúan la arqueología y el medio ambiente marino.